Tres meses en el desierto y 10 horas en el mar para salvar a su hija autista

Alima abraza a su hija Lamina en un parque cercano a su casa en Fuenlabrada (Madrid). FOTOS: OLMO CALVO

Una madre camerunesa consigue cruzar el desierto y el mar hasta llegar a España y pone en marcha una ONG para cambiar la mentalidad con respecto a las personas con discapacidad en África

Hace 12 años, una estrella la guió desde Camerún, su tierra natal, a través del desierto durante tres meses. La misma luz le dio fuerza para mantenerse a flote 10 horas en las aguas que separan Marruecos de Ceuta. Su nombre es Alima Ngoutane y el de su estrella -que es lo que significa su nombre- Lamina. Tiene 14 años, autismo severo y una discapacidad intelectual que reduce su edad hasta los tres años. Por su pequeña, esta madre no dudó en lanzarse a este periplo en soledad para conseguir un tratamiento médico y educativo adecuado a las necesidades de su hija.

Una vez llegó a España, Alima erigió un faro de esperanza llamado Mirando por África; una asociación que quiere iluminar la vida de los personas con discapacidad en un continente “en las sombras”, puesto que allí son despreciadas por la sociedad y estigmatizadas bajo el nombre de niños serpiente.

Había dejado atrás el desierto, Argelia, Marruecos… Rabat es la última parada antes del campamento de espera en el que “te deja la mafia aguardando a la calma” de los cuerpos de seguridad y del clima. “Cuando hace frío no puedes cruzar el mar. Cuando llega el momento, los hombres van a saltar las vallas y las mujeres se lanzan a las aguas del estrecho“, rememora Alima que hoy disfruta de una cómoda terraza de Madrid ataviada con un pintoresco traje amarillo camerunés.

En Ceuta, fue recibida por la Guardia Civil, que la llevó al hospital y más tarde alCentro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) donde transcurrieron tres meses más. “Llegué a la península gracias a la acogida de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), me subieron al ferry hacía la península y de ahí a Fuencarral y los pisos de acogida de Chamartín”, cuenta.

Atrás quedaba también lo mejor de su vida, su hija. “Tener un hijo con estas características en África no es vida, cuesta aceptarlo. La sociedad nos ha hecho sentir culpables. Tu vida queda truncada porque lo normal allí es abandonar a estos niños, hay que esconderlos de todo el mundo y las familias recomiendan dejarles en campos, plantaciones y en las orillas del mar”, cuenta Alima en conversación con EL MUNDO.

Todo viaje necesita combustible y el de éste no se reunió con su madre hasta hace solo cinco años, en el 2011. Su estrella llegó a Madrid después de aterrizar en el Aeropuerto Charles de Gaulle (París) al cargo de las azafatas del vuelo. Fue la pasión de Lamina la que le brindó la oportunidad. Atleta y medallista en los 100 metros lisos en torneos deportivos locales, los organizadores de la competición ayudaron a la familia a reunirse. Para ello fueron necesarios los ahorros de Alima, casi 3.000 euros.

Sin embargo, desde su llegada, las dificultades económicas y burocráticas de la familia han lastrado el sueño de esta madre de ver correr a su hija. La pequeña no ha conseguido los papeles de residencia cosa que, según su madre, si tienen su padre, sus dos hermanos y ella misma.

Lamina recibe tratamiento público pero su caso requiere terapia de mayor especialización y, por si fuera poco, la situación irregular en el país no le permite practicar deporte de forma legal. “Me duele no tener los medios para que mi hija pueda competir. Cuando corre ella es una más, se funde con la pista y con los otros corredores”, cuenta Alima. “Intentamos que la organización Special Olympics tenga presencia en Camerún para acercarnos a la sociedad menos receptiva”, añade.

Desde que está en Madrid, Lamina ha sido operada dos veces pues “babeaba mucho”, asiste a un colegio especial, aunque los neurólogos recomiendan una terapia más especializada e intenta tener amigos. “Los centros públicos hacen lo que pueden pero hace falta más. Tiene un 68% de discapacidad. Depende de nosotros para prácticamente todo, al menos puede andar por sí sola. Sus días se reducen a la escuela y la vuelta a casa. No tiene amigos, ojalá”, suspira la madre.

Sus hermano Moussa, de siete años, y su hermana Ramatou, de cuatro, completan los cuatro pilares que sustentan la vida de Lamina, a la que ayudan a vestirse, lavarse y lo que sea necesario. Son los lazarillos de sus idas y venidas por los parques de la ciudad, donde otros pequeños no entienden el silencio de esta niña de 14 años.

“Si en Camerún hubiera recibido atención temprana, quizá las cosas serían distintas. Ni siquiera sabe cómo se llama. Reconoce su nombre pero no sabe pronunciarlo. Nos entendemos sobre todo por gestos”, explica Luc, su padre.

“Nuestro sueño es que Lamina sea una deportista internacional reconocida y sirva de ejemplo con su esfuerzo, que sea un modelo para África”, confía su madre. La vida de las personas con discapacidad en Camerún es complicada. No hay personal, ni estructuras, ni formación para la atención que requieren estos casos. De hecho, allí los discapacitados no existen, “no figuran en ningún registro. No son siquiera personas”, recuerda.

Los niños serpiente

Alima es musulmana y Luc cristiano. Hoy viven en Fuenlabrada pero, cuando se conocieron en Camerún con 13 y 16 años respectivamente, su relación no se vio con buenos ojos. “Nos casamos hace 20 años por rituales tribales en contra de nuestras religiones”, cuentan. La sociedad camerunesa ve a su hija como un castigo por su osadía. Cuando esta madre echa la mirada atrás hacia Camerún sus ojos se encienden en lágrimas. “Los llaman niños serpiente. Un castigo divino por un error humano o una brujería“, dice Alima. “Allí la medicina ignora la discapacidad, no hay explicación ni diagnóstico. Todos decían que había faltado a la ley musulmana al casarme con un cristiano y así se me castigaba. Encaja.”, añade.

Por si fuera poco la conjunción de un castigo divino y la brujería, tener un hijo con una discapacidad es motivo de mala suerte, pobreza y un insulto a la virilidad del hombre, según explican estos padres. “El 90% de los padres abandonan el hogar”, cuenta Luc, quien añade “tener un hijo especial en África es una afrenta al macho”. Es por ello que Mirando por África pide que atletas, rostros masculinos reconocibles, se involucren para sensibilizar al colectivo de hombres africanos y así demostrar que no hay conflicto entre ser padre de un discapacitado y ser un varón fuerte.

Por eso, la asociación que esta madre ha creado busca cambiar la mentalidad del continente africano. “Es el proyecto que me prometí llevar a cabo si sobrevivía al mar y al desierto”, rememora Alima. De momento, su iniciativa abarca su ciudad natal, Duala. “No es concebible que en el siglo XXI no contemos con ninguno de los avances de otras naciones. Lugares en los que las personas especiales están integradas”, sentencia.

Vía: http://www.elmundo.es/sociedad/2016/09/12/57d58f47468aebac578b46c2.html

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